Blog de Nityananda

Comida consciente I

Como continuación de la reflexión sobre el cuarto nacimiento, hoy vuelvo a hablar del camino evolutivo y la base energética del acto sagrado de comer. Lo hago con cierto recelo, por sentir que no es un mensaje bien entendido o del gusto de todos. Todo se andará, y todo se entenderá, cada uno en su tiempo. Por ahora, dejad que vuestra mente lo integre, que ya se encargarán vuestras células de desvelarlo a su momento con vuestro trabajo.
Vivimos en un modelo social que nos parece evolucionado porque, superado el estadío de supervivencia, hemos pasado de comer por sobrevivir a comer por un amplio espectro de motivos muy dispares. Pero no, no hemos avanzado tanto… Podríamos hablar de 3 niveles de consciencia en el acto de comer. No hay juicio en esta división, sólo la constatación de un camino de evolución.
El nivel impulsivo.
En este nivel, comemos para sobrevivir, por esa pulsión básica de supervivencia. Y nos parece que ya lo hemos superado por el hecho de vivir en una sociedad a la que le sobran los recursos -y que hace gala inhumana de ello. Sin ir más lejos, España, incapaz de frenar el desperdicio alimenticio, tira al año 1.300 millones de kilos a la basura. ¡Mil trescientos millones de kilos! No sólo no hemos superado esto como sociedad: es que en el plano individual este nivel impulsivo se ha transmutado en otro proceso, también impulsivo, pero energéticamente mucho más entrópico. Sí, puede que comer por el impulso de sobrevivir esté en el primer escalón de la consciencia alimentaria, pero al menos es aceptable, comprensible y necesario.
Pero en la sociedad de la abundancia y el desperdicio, lo hemos permutado por el IMPULSO de comer lo INNECESARIO en función de llamadas y cantos sibilinos de la publicidad, de los lugares o las comidas de moda, o peor aún, IMPULSADOS, a veces inconscientemente y a veces siendo conscientes de ello y silenciándolo con saña, por el vano intento de aplacar con la comida nuestras frustraciones, ansiedades y temores que el acto de comer sólo encubre durante unos minutos agónicos mientras produce inmerecidamente las endorfinas que premiaban a nuestros ancestros su determinación de vivir.
El nivel hedonista
… Y nos parece que nos hemos refinado al convertirnos en gourmets, en buscadores de la sensación gustativa u olfativa única. Es cierto que este nivel implica ya cierta consciencia rudimentaria de sentidos básicos levemente desarrollados para distinguir sabores, aromas y texturas. Pero seguimos gobernados por sentidos básicos SIN PROPOSITO, con un Yama apuntando a un destino ajeno, o al menos distante, de nuestro propósito evolutivo. Nos mueve el mero placer de recordar ciertas sensaciones, que a su vez hemos asociado con circunstancias ajenas a lo ingerido. Abrimos nuestros caminos de dopamina en un ejercicio onanista de alimentación sin propósito.
Todo esto no está bien ni mal por si mismo – simplemente usa energía en una dirección no evolutiva. Si pusiésemos la mitad de esfuerzo que hacemos en perseguir un sabor, en distinguir y valorar subjetivamente un vino o en pagar innecesarias cantidades de dinero-energía por despertar una simple señal bioquímica en nuestro cerebro… e invirtiésemos ese mismo esfuerzo en tomar consciencia de lo que nuestro cuerpo necesita para estar bien, estaríamos dando un paso primordial y necesario en nuestra evolución.
El nivel consciente
En este bellísimo nivel, el acto de comer es un acto sagrado, de respeto a la vida que se transforma en vida, de plena consciencia de lo que nuestro cuerpo necesita para situar nuestro plano fenomenológico en su mejor posición para ayudarnos a volar hacia los planos de aire y de espacio. Pero es que este Yama va unido inseparablemente a otros propósitos impulsados por energía genuina interior… comemos así para estar bien; para tener toda la energía necesaria para evolucionar; para tomar lo que nuestro cuerpo necesita, y en la cantidad que nuestro cuerpo necesita, ni más, ni menos; para sentirnos ligeros y a la vez llenos de energía. Para facilitar nuestro fascinante proceso de digestión, limitando los elementos tóxicos que genera el consumo de vida muerta.
En este nivel se produce una indescriptible sensación de disfrute. NO HAY RENUNCIA, porque hemos encontrado ese punto sutil en el que lo que DESEO, lo que DISFRUTO y lo que MI CUERPO NECESITA SON UNA MISMA COSA. Como en el ejemplo que tantas veces he contado, si os lleváis a un nivel de consciencia extremo, como por ejemplo el que se tiene tras estar en el desierto tres días sin comer ni beber… si en ese momento os preguntasen ¿Qué DESEAIS? La respuesta sería AGUA (no vino, no gin-tonic, no Coca-Cola). Si os preguntasen ¿Qué vais a DISFRUTAR más? Vuestra respuesta sería AGUA (no vino, no gin-tonic, no Coca-Cola). Y si os preguntasen ¿Qué NECESITA vuestro cuerpo? Vuestra respuesta sería AGUA (no vino, no gin-tonic, no Coca-Cola). Agua, Agua, Agua. Ahora pensad qué pasaría si sois capaces de traer ese prístino nivel de consciencia extremo… a vuestra vida diaria. Y cada acto de comer se convierte en un acto de plena consciencia en el que lo que deseáis, lo que disfrutáis y lo que necesita vuestro cuerpo ES LA MISMA COSA. No hay renuncias. No hay dietas. Hay pleno disfrute, siempre, todas las veces, cada comida. Y hay evolución, porque desarrollamos nuestra consciencia y ofrecemos a nuestro cuerpo exactamente la energía que necesita. Esto lo lográis en este bellísimo camino de consciencia que es el yoga…
Si lo deseáis, mañana cerramos con el tercer y último capítulo sobre comida consciente.

Reflexiones del maestro